Texto – 13.III. El miedo a la redención
No es de la crucifixión de lo que realmente tienes miedo. Lo que verdaderamente te aterra es la redención.
No es de la crucifixión de lo que realmente tienes miedo. Lo que verdaderamente te aterra es la redención.
¡Que la paz sea contigo que has sido curado en Dios y no en sueños vanos! Pues la curación tiene que proceder de la santidad, y la santidad no puede encontrarse allí donde se concede valor al pecado.
El propósito fundamental de la proyección es siempre deshacerse de la culpa. Pero el ego, como de costumbre, trata de deshacerse de ella exclusivamente desde su punto de vista, pues por mucho que él quiera conservarla, a ti te resulta intolerable, toda vez que la culpa te impide recordar a Dios.
Con esto se acaban todas las decisiones. Pues con esta lección llegamos a la decisión de aceptarnos a nosotros mismos tal como Dios nos creó.
Dije anteriormente que el Espíritu Santo comparte el objetivo de todos los buenos maestros, cuya meta final es hacerse innecesarios al enseñarles a sus alumnos todo lo que ellos saben. Eso es lo único que el Espíritu Santo desea, pues dado que comparte el Amor del Padre por Su Hijo, intenta eliminar de la mente de éste toda traza de culpa para que pueda así recordar a su Padre en paz.
En este mundo el Cielo es una alternativa porque aquí creemos que hay opciones entre las que podemos elegir. Pensamos que todas las cosas tienen un opuesto y que elegimos lo que queremos. Si el Cielo existe tiene que haber también un infierno, pues es mediante contradicciones como construimos lo que percibimos y lo que creemos que es real.
Si no te sintieras culpable no podrías atacar, pues la condenación es la raíz del ataque. La condenación es el juicio que una mente hace contra otra de que es indigna de amor y merecedora de castigo. Y en esto radica la división, pues la mente que juzga se percibe a sí misma como separada de la mente a la que juzga, creyendo que, al castigar a otra mente, puede librarse del castigo.
El mundo acata las leyes que la enfermedad apoya, pero la curación opera aparte de ellas. Es imposible que alguien pueda curarse solo. En la enfermedad, él no puede sino estar aparte y separado. Mas la curación es el resultado de su decisión de volver a ser uno y de aceptar su Ser con todas Sus partes intactas e incólumes.
Atacas el mundo real cada día, cada hora y cada minuto y, sin embargo, te sorprende que no lo puedas ver. Si buscas amor a fin de atacarlo, nunca lo hallarás, pues si el amor es compartir, ¿cómo ibas a poder encontrarlo excepto a través de sí mismo? Ofrece amor, y el amor vendrá a ti porque se siente atraído por sí mismo. Ofrece ataque, y el amor permanecerá oculto, pues sólo puede vivir en paz.
Las defensas no son involuntarias ni tampoco se forjan inconscientemente. Son como varitas mágicas secretas que agitas cuando la verdad parece amenazar lo que prefieres creer. Parecen ser algo inconsciente debido únicamente a la rapidez con que decides emplearlas.
No hay situación a la que los milagros no sean aplicables, y al aplicarlos a todas el mundo real será tuyo. La Bendición de Dios mora en todos Sus Hijos, y en la bendición que les das a ellos radica la bendición que Dios te da a ti.
Actúas basándote en la creencia de que tienes que protegerte de lo que está ocurriendo porque encierra una amenaza para ti. Sentirte amenazado es admitir que existe en ti una debilidad inherente; es asimismo la creencia de que hay un peligro que tiene el poder de incitarte a buscar una defensa apropiada. El mundo está basado en esta creencia demente.