¡Un Curso de Milagros!

(abreviado como ucdm)

Lucrecia Gamboa

Audio – Texto – Capítulo 25

25.IX. La Justicia del Cielo

Colaboran

Colabora

Dalcy Solís

Colabora

Sindy Pessoa

Colabora

Hazel Solís

Colabora

Mike Maher

Transcripción Audio

Un Curso de Milagros
UCDM – Texto – Capítulo 25

IX. La Justicia del Cielo

Capítulo 25 – La justicia de Dios

La Justicia del Cielo

1. ¿Qué otra cosa sino la arrogancia podría pensar que la Justicia del Cielo no puede cancelar tus insignificantes errores? ¿Y qué podría significar eso sino que son pecados y no errores, eternamente incorregibles y a los que hay que corresponder con venganza y no con justicia? ¿Estás dispuesto a que se te libere de todas las consecuencias del pecado? No puedes contestar esta pregunta hasta que no entiendas todo lo que implica la respuesta. Pues si contestas “sí” significa que renuncias a todos los valores de este mundo en favor de la paz del Cielo. Significa también que no vas a conservar ni un solo pecado, ni a abrigar ninguna duda de que esto es posible que le permitiera al pecado conservar su lugar. Significa asimismo que ahora la verdad tiene más valor para ti que todas las ilusiones. Y reconoces que la verdad tiene que serte revelada, ya que no sabes lo que es.

2. Dar a regañadientes equivale a no recibir el regalo, pues no estás dispuesto a aceptarlo. Se te guarda hasta que tu renuencia a recibirlo desaparezca y estés dispuesto a que te sea dado. La Justicia de Dios merece gratitud, no temor. Ni tú ni nadie puede perder nada que deis, sino que todo ello se atesora y se guarda en el Cielo, donde todos los tesoros que le han sido dados al Hijo de Dios se conservan para él y se le ofrecen a todo aquel que simplemente extiende la mano dispuesto a recibirlos. El tesoro no merma al ser dado. Cada regalo no hace sino aumentar el caudal de su riqueza, pues Dios es justo. Él no lucha contra la renuencia de Su Hijo a percibir la salvación como un regalo procedente de Él. Mas Su Justicia no quedará satisfecha hasta que todos la reciban.

3. Puedes estar seguro de que la solución a cualquier problema que el Espíritu Santo resuelva será siempre una en la que nadie pierde. Y esto tiene que ser verdad porque Él no le exige sacrificios a nadie. Cualquier solución que le exija a alguien la más mínima pérdida no habrá resuelto el problema, sino que lo habrá empeorado, haciéndolo más difícil de resolver y más injusto. Es imposible que el Espíritu Santo pueda ver cualquier clase de injusticia como la solución. Para Él, lo que es injusto tiene que ser corregido porque es injusto. Y todo error es una percepción en la que, como mínimo, se ve a uno de los Hijos de Dios injustamente. De esta forma es como se priva de justicia al Hijo de Dios. Cuando se considera a alguien como un perdedor, se le ha condenado. Y el castigo, en vez de la justicia, se convierte en su justo merecido.

4. Ver la inocencia hace que el castigo sea imposible y la justicia inevitable. La percepción del Espíritu Santo no da cabida al ataque. Sólo una pérdida podría justificar el ataque, más Él no ve pérdidas de ninguna clase. El mundo resuelve problemas de otra manera. Pues ve la solución a cualquier problema como un estado en el que se ha decidido quién ha de ganar y quién ha de perder; con cuánto se va a quedar uno y cuánto puede todavía defender el perdedor. Mas el problema sigue sin resolverse, pues sólo la justicia puede establecer un estado en el que nadie pierde y en el que nadie es tratado injustamente o privado de algo, lo cual le daría motivos para vengarse. Ningún problema se puede resolver mediante la venganza, que en el mejor de los casos no haría sino dar lugar a otro problema, en el que el asesinato no es obvio.

5. La forma en que el Espíritu Santo resuelve todo problema es la manera de solventarlos. El problema queda resuelto porque se ha tratado con justicia. Hasta que esto no se haga, seguirá repitiéndose porque aún no se habrá solucionado. El principio según el cual la justicia significa que nadie puede perder es crucial para el objetivo de este curso. Pues los milagros dependen de la justicia. Mas no como la ve el mundo, sino como la conoce Dios y como este conocimiento se ve reflejado en la visión que ofrece el Espíritu Santo.

6. Nadie merece perder. Y es imposible que lo que supone una injusticia para alguien pueda ocurrir. La curación tiene que ser para todo el mundo, pues nadie merece ninguna clase de ataque. ¿Qué orden podría haber en los milagros, si algunas personas merecieran sufrir más y otras menos? ¿Y sería esto justo para aquellos que son totalmente inocentes? Todo milagro es justo. No es un regalo especial que se les concede a algunos y se les niega a otros, por ser estos menos dignos o estar más condenados y hallarse, por lo tanto, excluidos de la curación. ¿Quién puede estar excluido de la salvación, si el propósito de ésta es precisamente acabar con el especialismo? ¿Dónde se encontraría la justicia de la salvación, si algunos errores fuesen imperdonables y justificasen la venganza en lugar de la curación y el retorno a la paz?

7. El propósito de la salvación no puede ser ayudar al Hijo de Dios a que sea más injusto de lo que él ya ha procurado ser. Si los milagros, que son el don del Espíritu Santo, se otorgaran exclusivamente a un grupo selecto y especial, pero se negaran a otros por ser estos menos merecedores de ellos, entonces Él sería el aliado del especialismo. El Espíritu Santo no da fe de lo que no puede percibir. Y todos tienen el mismo derecho a Su don de curación, liberación y paz. Entregarle un problema al Espíritu Santo para que Él lo resuelva por ti, significa que quieres que se resuelva. Mas no entregárselo a fin de resolverlo por tu cuenta y sin Su ayuda, es decidir que el problema siga pendiente y sin resolver, haciendo así que pueda seguir dando lugar a más injusticias y ataques. Nadie puede ser injusto contigo, a menos que tú hayas decidido ser injusto primero. En ese caso, es inevitable que surjan problemas que sean un obstáculo en tu camino y que la paz se vea disipada por los vientos del odio.

8. A menos que pienses que todos tus hermanos tienen el mismo derecho a los milagros que tú, no reivindicarás tu derecho a ellos, al haber sido injusto con otros que gozan de los mismos derechos que tú. Si tratas de negarle algo a otro, sentirás que se te ha negado a ti. Si tratas de privar a alguien de algo, te habrás privado a ti mismo. Es imposible recibir un milagro que otro no pueda recibir. Sólo el perdón ofrece milagros. Y el perdón tiene que ser justo con todo el mundo.

9. Los pequeños problemas que ocultas se convierten en tus pecados secretos porque no elegiste que se te liberase de ellos. Y así, acumulan polvo y se vuelven cada vez más grandes hasta cubrir todo lo que percibes, impidiéndote de este modo ser justo con nadie. No crees tener ni un solo derecho. Y la amargura, al haber justificado la venganza y haber hecho que se pierda la misericordia, te condena irremisiblemente. Los irredentos no tienen misericordia para con nadie. Por eso es por lo que tu única responsabilidad es aceptar el perdón para ti mismo.

10. Das el milagro que recibes. Y cada uno de ellos se convierte en un ejemplo de la ley en la que se basa la salvación: que si uno solo ha de sanar, se les tiene que hacer justicia a todos. Nadie puede perder y todos tienen que beneficiarse. Cada milagro es un ejemplo de lo que la justicia puede lograr cuando se ofrece a todos por igual, pues se recibe en la misma medida en que se da. Todo milagro es la conciencia de que dar y recibir es lo mismo. Puesto que no hace distinciones entre los que son iguales, no ve diferencias donde no las hay. Y así, es igual con todos porque no ve diferencia alguna entre ellos. Su ofrecimiento es universal y sólo tiene un mensaje:

Lo que es de Dios le pertenece a todo el mundo y es su derecho inalienable.

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