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Capítulo 10 – Parte 3

Todo sobre el Amor

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Capítulo 10 – Parte 3

Capítulo 10 - Parte 3

Transcripción

Amor romántico: el dulce amor

Solo podemos pasar de la pasión perfecta al amor perfecto cuando las ilusiones se desvanecen y somos capaces de utilizar la energía y la intensidad generadas por una intensa y abrumadora conexión erótica para profundizar en el descubrimiento de nosotros mismos. Normalmente, las pasiones perfectas terminan cuando despertamos del hechizo y descubrimos que, en nuestro arrebato de pasión, nos hemos alejado de nosotros mismos; en cambio, se convierten en el amor perfecto cuando tenemos el valor de afrontar la realidad y aceptarnos como somos. Reconocer desde el principio de la relación el importante vínculo que existe entre la pasión perfecta y el amor perfecto puede ser la inspiración que necesitamos para poder elegir el amor. Cuando amamos con la cabeza y con la voluntad de mostrar interés, respeto, conocimiento y responsabilidad, el nuestro es un amor satisfactorio. Los que quieren seguir creyendo que el amor no satisface, que el verdadero amor no existe, se aferran a esas convicciones porque es más fácil hacer frente a la desesperanza que habérselas con una realidad tremendamente simple: que el amor es un hecho de la vida, pero está ausente de la suya.

En los dos últimos años he hablado mucho del amor; de hecho, el «amor verdadero» se ha convertido en el tema de mi investigación. Todo comenzó cuando empecé expresar en voz alta mi más profundo deseo; cuando decidí comunicar a mis amigos, al público de mis conferencias, a los extraños sentados a mi lado en el autobús, en el avión y en el restaurante que iba «en busca del verdadero amor». Casi todos se mostraron escépticos y me dijeron que estaba buscando un mito. Sin embargo, los que aún creían en la existencia del verdadero amor, estaban convencidos de que no se puede buscar, que, si estás destinado a encontrarlo, «aparecerá sin más». Sigo creyendo que el amor verdadero existe, y también creo que su manifestación es un misterio, que sucede sin ningún esfuerzo de voluntad por nuestra parte. Y si las cosas son así, entonces va a suceder tanto si lo buscamos como si no. Pero buscarlo no hará que lo perdamos. Quienes hemos sido heridos, quienes hemos sufrido desilusión tras desilusión, debemos abrir nuestro corazón si queremos que el amor penetre en nosotros. Esta disposición interior es una forma de buscar el amor.

Yo he sentido el amor verdadero, y fue una experiencia que hizo que mi deseo y mi afán de buscarlo fuera aún más intenso. La primera vez que se me presentó el amor verdadero fue en un sueño. Me habían invitado a un congreso sobre cine y no quería asistir. No me gusta que me bombardeen de sopetón con un sinfín de ideas nuevas; para mí es como si hubiera comido demasiado y estuviera empachada. Pero soñé que alguien me decía que si iba a la conferencia conocería al hombre de mis sueños. Las imágenes del sueño eran tan vívidas, tan reales que me desperté con la sensación de que mi asistencia era ineludible. Llamé a una amiga, le conté toda la historia y aceptó asistir conmigo en calidad de acompañante. Unas semanas más tarde llegamos al congreso justo cuando se estaba celebrando un debate entre varios oradores. Le señalé a mi amiga al hombre que se me había aparecido en el sueño. Después del debate nos presentaron y hablamos. Conocerlo fue como reencontrarse con un pariente o amigo al que no había visto en mucho tiempo. Fuimos a cenar. Desde el principio hubo entre nosotros una sensación de familiaridad, como si nos conociéramos de toda la vida. Seguimos charlando y al rato me dijo que tenía pareja. Estaba desconcertada y molesta. No podía creer que los dioses del universo me hubieran hecho conocer al hombre de mis sueños, solo para constatar que los sueños, sueños son y no pueden hacerse realidad. Mi sueño, obviamente, hacía alusión a una relación sentimental con ese hombre. Este fue el prólogo de una difícil lección sobre el verdadero amor.

Aprendí que se puede encontrar el verdadero amor y que nuestra existencia puede cambiar incluso si ese encuentro no es un preludio del placer sexual, de una relación estable o quizás de una serie de citas regulares. El mito del verdadero amor —la fábula de dos personas que se encuentran, se unen y viven felices para siempre— es propio de las fantasías infantiles. Sin embargo, muchos de nosotros, mujeres y hombres, llevamos esas fantasías a la edad adulta y somos incapaces de afrontar una relación intensa y que cambia la vida, pero que no conduce a una relación estable o a una relación completa. El amor verdadero no siempre se traduce en una vida de sempiterna felicidad; e incluso si lo hace, mantenerlo y hacerlo durar requiere dedicación.

Todas las relaciones tienen sus altibajos. A menudo las fantasías románticas alimentan la creencia de que los momentos difíciles son un indicio de falta de amor y no parte del proceso. La verdad es que el verdadero amor se refuerza en la adversidad. En su base está el deseo del ser humano de crecer y expandirse, de llegar a ser más plenamente él mismo, pero no hay cambio que no conlleve una sensación de desafío y de pérdida. Cuando experimentamos el amor verdadero, podemos sentir que nuestra vida está en peligro; podemos sentirnos amenazados.

El verdadero amor es diferente al amor arraigado en el afecto, la buena voluntad y una simple atracción en la vida cotidiana. No hay día que no nos sintamos atraídos por alguna persona (cuyo estilo, forma de pensar, apariencia, etc., nos cautiva), y sabemos que, si tuviéramos la oportunidad, podríamos enamorarnos de él o de ella en un instante. En Amar y despertar, John Welwood hace una valiosa distinción entre este tipo de atracción, que todos conocemos y que él llama «vínculo del corazón», y otro tipo de atracción que él denomina «vínculo del alma». He aquí cómo los describe:

El vínculo del alma es la resonancia entre dos personas que reaccionan a la belleza esencial de la naturaleza individual del otro, más allá de sus máscaras, y se encuentran en un plano más profundo. Este reconocimiento mutuo actúa como catalizador de una poderosa alquimia. El vínculo del alma es una alianza sagrada, cuyo propósito es ayudar a ambas partes a descubrir y realizar su más profundo potencial. Mientras que el vínculo del corazón nos permite apreciar a los que amamos simplemente por lo que son, el vínculo del alma abre una dimensión más amplia, en la cual vemos y amamos al otro por lo que podría ser, y por lo que nosotros mismos podríamos llegar a ser bajo su influencia.

Crear un «vínculo del corazón» con alguien no es demasiado difícil. A lo largo de la vida, todos conocemos a muchas personas que nos hacen sentir ese cosquilleo tan particular que podría llevarnos por la senda del amor, pero la conexión entre dos almas es algo distinto. A menudo esta vinculación más profunda se establece independientemente de nuestra voluntad. A veces nos sentimos atraídos por alguien sin saber la razón, incluso cuando no queremos que se establezca el contacto. A muchas parejas que han encontrado el amor verdadero les gusta contar como, en su primer contacto, uno de los dos no halló nada atractivo en el otro, aunque ambos sintieron que había una misteriosa afinidad entre ellos. Ahora bien, todos los que sienten que han conocido el amor verdadero declaran que estar juntos no fue ni fácil ni sencillo. Seguramente, esto desconcertará a más de uno, ya que nuestras fantasías sobre el verdadero amor lo presentan justamente como algo sencillo y fácil.

Solemos pensar que el amor verdadero es intensamente placentero y romántico, lleno de dicha y de luz. Pero la verdad es que requiere esfuerzo. El poeta Rainer Maria Rilke hizo esta sabia observación:

La gente ha malentendido, como tantas otras cosas, la posición del amor en la vida; lo ha convertido en juego y pasatiempo, porque se creía que el juego y la diversión proporcionan más felicidad que el trabajo, pero no hay nada más dichoso que el trabajo; y el amor, justamente por ser la suprema felicidad, no puede ser sino trabajo.

La esencia del verdadero amor es el reconocimiento mutuo de dos individuos que se ven a sí mismos como realmente son. Todos sabemos que normalmente, cuando conocemos a alguien que nos gusta, intentamos presentar nuestro mejor lado, cuando no un falso yo, porque estamos convencidos de que la persona que nos interesa encontrará esa ficción más atractiva. Pero cuando aflora nuestra verdadera personalidad, cuando ya no podemos comportarnos de manera impecable y seguir con la máscara puesta, viene la decepción. A toro pasado —cuando ya se han herido sentimientos y roto corazones—, uno se da cuenta de que todo era una película, que no tenemos ni idea de quién es el hombre o la mujer que amamos. Hemos visto lo que querían que viéramos, no lo que realmente eran.

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